8 de agosto de 2011

Allí, allí arriba.

A Aba le encantaba la lluvia. Le encantaba ir en coche y ver como las gotas de lluvia iban chocando con el cristal, una a una, con una canción lenta de fondo. Iban juntándose unas con otras hasta formar un círculo de agua muy muy pequeño, se resbalaba hasta llegar al asfalto. O incluso ir por la calle sin rumbo cuando todos corren a cubrirse, dejando que en su ropa se dibuje un estampado, el cual le traía varios recuerdos, sin importarle que se encrespe su precioso pelo, sintiendo cada gota resbalar suavemente por sus mejillas, con un perdido cielo azul oscuro allí, allí arriba.Le seducía la idea de sentirse como ella y saborear su poder. Aparecería cuando le apeteciera, arrojaría sus grandes gotas, llenas de sentimiento, con fuerza y coraje a ese mundo incapaz de comprenderla. Podría viajar a cualquier otra parte del mundo cuando en casa no la recordaran, pero algún día la estrañarían, regresaría y, quizás, solo quizás, observaría desde lo más alto como sus dulces gotas cubren un profundo beso de dos jóvenes amantes. Ilusionaría a infinitos luchadores con un manto de blanca nieve, pero solo solo si le apetecía.
Aba buscaba un insignificante rayo cálido en medio de un enorme iceberg o una mísera gota de lluvia en pleno verano.