El vaivén de tus olas sobre las mías me sumergieron en un mar eterno, en el que las esquinas para apoyarse a esperar no existen. Reviviste mis horas muertas con lluvias de besos, para más tarde convertirse en granizo y, finalmente, desaparecer con el verano. Todo, es decir, este concepto indefinido, que no es un "tu y yo", ni un "nosotros", ni si quiera un "tu" y a parte "yo", empezó y acabó en la misma fracción de segundo, en los decimales partidos por la mitad de la mitad.No vi venir tus ganas ni las mías. Tampoco las vi irse, o se despidieron tan bajito que se confundieron con el aire. Y ahora soplan allá a lo lejos, donde los sueños desaparecieron antes de ser soñados o creados, solo se quedaron en la maldita indecisión del "¿y si...?" Pero, como de costumbre, esto no está hecho para mí y tampoco del material que me gusta. O quizá sea lo único que necesito, un artefacto que me haga saltar por los aires y perderme entre las nubes, para ver de qué están hechas estas y si vale la pena alcanzarlas o quedarse en tierra firme.
Y el tiempo pasa y pasa, y no me importa que seas tu quien le da la vuelta a las agujas del reloj, pues algún tipo de fuerza protectora hace que no te piense de esa forma, llamada amor. Pero por favor, no les des la vuelta atrás, porque entonces las agujas chirriarán por cada callejón sin salida de mi corazón, que es un laberinto. Aunque algún tipo de alarma he fijado inconscientemente en una cuenta atrás, porque cuando llegan las tres son las dos. Entonces el mecanismo se tuerce, las piezas caen destrozadas emitiendo sonidos ensordecedores. Y entonces nos perdemos. Pero solo aquí adentro, donde todo es un completo caos inmenso. Cien cañones por banda se baten en el duelo de mis sentimientos y una bandera blanca lucha por salir, pero se ha enganchado en el mástil, convirtiéndose en una lucha eterna en la que la batalla está perdida. Lo siento, pero vuelven a ser las dos.