Tenía la tez blanca angelical y la nariz sonrosada del frío, unos ojos pequeñitos pero unas pestañas inmensas que hacían sus ojos un poquito más interesantes. Su pelo era realmente largo y oscuro como la más apagada de las noches, cuando iba llegando a su final empezaba a aparecer un violeta débil para hacerse más colorido en las puntas.
Tenía los ojos de un marrón tan oscuro que tenías que mirarlos dos largas veces para no confundirlos con negros. Algunas veces pensaban que ella lo hacía aposta, como si solo quisiera captar tu atención. Como si eso fuera posible.
Le gustaba confundir constantemente a las personas, jugar con ellas y engatusarlas, que pensaran lo que ella quisiera.
Cuando contaba sus historias te atrapaba con la mirada, te metía en su mundo y no podías escapar de él hasta que ella te dejase. Ni si quiera los párpados se atrevían a parpadear, tus pupilas no querían perderse un segundo de aquella conexión tan maravillosa.
Le encantaba inventar mil cosas y de esas, otras mil más. Que los demás se perdieran en ellas hasta que no daban más de sí.
Adoraba la lluvia tanto como sentir el sol cálido en la cara, cerrando los ojos y dejándose ir.
Podía haber leído infinidad de libros que, le gustasen o no, siempre se acordaría de lo que sintió al leer cada uno de ellos.
Era alguien muy simple para los ojos del mundo, pero necesitaba explotar, saltar hasta perderse en las nubes y dejar de pensar. Sí eso es, debía pensar en dejar de pensar. Debía ser ella al fin, después de tanto esperar el momento. ¿Qué momento?¿A qué espera? su momento había sido cada día que pasaba y cada uno que sigue. Tardaba más que nadie en reaccionar ante el mundo. Pero ¿qué demonios? todo lo que quiere es perder el tiempo y, realmente, no le importa.