Eurídice era una de esas personas frías, aparentemente insensibles y demasiado seguras de sí mismas. Era un trozo de hielo, contenía capas impenetrables y escudos infranqueables ante sus pensamientos y sentimientos. Pocos la conocían realmente, por mucho que pensaran que si nadie lo hacía, totalmente equivocados. Quizás porque ella no dejaba ver su interior, quizás porque nadie se tomaba la molestia de ver más allá de su exterior.
A pesar de todo, siempre creyó en el amor. Creyó en los cuentos de ciencia ficción, algo irónico en su ser, y le fascinaban las historias de amor dramático, aunque no le agradaban los finales felices.
Una vez, esta alma vacía de amor se cruzó con el ser más maravilloso sobre la faz de la Tierra. Su mirada magnética fue más fuerte que sus propios escudos e impulsos. Era alguien aparentemente tan simple como el resto, con el New Yorks Times en la mano izquierda, algo cotidiano. Se sintió completamente ida, algo cohibida. Nunca había tenido una sensación tan extravagante, notaba como sus pupilas se dilataban, adorando la belleza de aquel muchacho, el bello se le erizó al ver como esbozaba una sonrisa ruborizada a la vez que pícara, casi imperceptible, sintió como una oleada de calor subía desde los tobillos hasta la punta de sus dedos de las manos para luego convertirse en un frío repentino. Bastaron las miradas y las palabras pasaron a un segundo plano, envueltas en el aire cargado. Se contemplaban con curiosidad, sabiendo con certeza que había algo en ellos diferente a los demás. Todos pasaban a una velocidad casi supersónica a su alrededor por las calles de Nueva York, parecían ser invisibles a los ojos del mundo.
Entonces las personas empezaron a mezclarse en medio de los dos, empujándoles aún más lejos, casi parecía aposta.
Todo daba vueltas, 50 personas juntas pasando ante sus ojos, 40 de ellos con trabajos importantes y móviles incrustados en la oreja, 10 coches en fila circulando por la carretera cada 2 segundos, todos con aparente desespero.
Ante tanto barullo no pudo más que perderlo de vista durante un segundo. Cuando todo se calmó un poco miró inconscientemente hacia el otro lado de la calle, donde él había estado antes, pero allí solo quedaba un periódico hecho trizas.
Algo decepcionada, aunque sin saber por qué, dio media vuelta para dirigirse de nuevo a aquella cafetería que estaba a la vuelta de la esquina. Dio medio paso y se percató de que alguien la había cogido de la mano. Ella se quedó helada, pues nadie solía tener ese gesto con ella, nadie que supiera lo más mínimo de ella. Entonces un susurro helador y electrizante con olor a hierbabuena se acercaba con delicadeza hacia su oído, podía sentir aquellos labios suaves que chocaban contra su pelo.
-Deja que te invite a un té helado y a un trozo de tarta con esos tropezones de fresa por encima que tanto te gustan.´
Eurídice ya no daba credibilidad a todo aquello. Era la primera vez que veía a esa persona y sabía perfectamente sus gustos.
A pesar de que le gustaban los cuentos de ciencia ficción no creía en el amor a primera vista, en cierto modo había esperado inconscientemente un momento algo similar a ese, pero nunca pensó que ocurriría, e incluso mejor que en sus intachables sueños.
Dio media vuelta y de nuevo sobraron palabras, supo que lo que había estado buscando desde siempre lo tenía justo enfrente, y sabía que él había sentido exactamente lo mismo que ella en todo momento. Lo cogió del brazo sin articular aún palabra, girando sobre sí misma con una ancha sonrisa espectacular y deslumbrante, y entraron en la cafetería preferida de los dos.

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ResponderEliminarPrecioso.
no cambies no cambies no cambies (8) jaja
maltratadora.
ResponderEliminarMe encata
Imnifugo.
No cambies no cambies no cambies (8) hahahahaha