Era de noche, hacía un frío terrible y estaba a punto de llover, pues el cielo estaba cargado de nubes grises.
Ella echó a correr llena de rabia sin saber adónde dirigirse, solo quería ir lejos, desaparecer.
Sin darse cuenta se sumergió en la profundidad de un bosque lleno de árboles altísimos muy similares, repletos de hojas de un verde apagado y con troncos oscuros y desgastados.
Tenían tantas ramas que parecía que todos estuvieran conectados entre sí. Si te perdías entre ellos parecía un laberinto eterno, un mundo aparte.
Cuando más se adentraba en el bosque tropezó con una rama y cayó dentro del árbol más viejo.
-Siempre patosa- dijo para sí misma.
Cuando se quitó los escombros de encima contempló lo que tenía ante sus ojos. Parecía que aquel lugar se había tragado todo lo maravilloso del bosque. Había miles de flores blancas y las paredes estaban rodeadas de enredaderas con rosas rojas. Todo olía a miel y a vainilla.
Abrumada por la belleza de aquel lugar, no se percató del tiempo que llevaba de pie, sin reaccionar. Se sentía increíblemente bien allí.
De repente, escuchó un zumbido y luciérnagas inundaron el lugar concediéndole más magia aún si era posible.
A partir de ahora ese sería su lugar para evadirse del resto, cuando quisiera parar el tiempo y que todo se desvaneciera.
Aquel bosque guardaba miles de secretos, deseosos por ser descubiertos.

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