Se acabaron las palabras. De pronto no sentimos la necesidad de más. No dijimos nada exacto, ninguna palabra que significase "adiós", pero si leías atentamente aquella conversación fría y distante, la despedida se encontraba en cada una de las sílabas tónicas. Y hasta aquí llegamos, a menos de la mitad del camino que alguna vez creí que recorreríamos. Porque resulta que hemos pasado de parecernos tanto a tan poco. O quizás demasiado. Pero esa conexión tan nuestra sigue faltando y nos aferramos a algo que ya no sé si existe, o quizás he dejado yo de existir. No de una forma física, pues aun me miro al espejo y veo un cuerpo y una cara que creo reconocer. He dejado de ser, estoy a punto de tirar al mar revuelto miles de recuerdos e historias, con los que algún día me toparé y querré hundirlos hasta el maldito fondo. Hasta el fondo del mundo, donde lleguen a sus entrañas y desaparezcan por su interior ardiente. Así como mi interior está ahora, ardiendo y quemando recuerdos ya lejanos que pudieran hacerme daño. Aunque quizás para cuando quiera darme cuenta ya esté totalmente congelado. Y entonces los recuerdos quedarán sepultados, sin poder atraparme y los nuevos comienzos no penetrarán tan rápidos y profundos como estos otros, que ya no sé si existen.
Todo tiene colores nuevos, pero muy pocos son bonitos. Lo que antes era azul y punto, ahora quizás sea azul, quizás sea turquesa o celeste, o millones de derivantes más. Tantísimos que ya no sé lo que es el color azul.

No hay comentarios:
Publicar un comentario