27 de septiembre de 2013

Ruido

Fuiste como esa palabra que quieres decir y no te sale. Lo que no sabéis muchos es que no existía y solo os gustaba esa sensación de tener que encontrar algo, para que los pensamientos dejaran de resonar en las paredes de la mente, chocando y rebotando en lo que ya no tenéis y creíais haber tenido, sin tener. Se nos escapan en suspiros lo que podría haber sido bocanadas de placer del tacto de tu piel con mi piel, de tus cicatrices rellenándose con mis no pocas ganas de beberte a besos, entre sábanas y almohadas, o arena y mar y una banda sonara de fondo acorde a mis idas y venidas, siempre con la certeza del billete de vuelta. Ese que se desliza por tu cuello sin caer al suelo antes de capturarlo entre mis labios y que se unan a los pliegues de los tuyos en un intento de contener el aire para que no se escapen las horas al palpitar del reloj dentro de mí, que hace que estallen emociones y las horas sean segundos que caen en picado a toda velocidad y sin frenos, como quien decide suicidarse sin pensar en la manecilla pequeña que desespera en su eterna espera. Y sin detenernos nos almorzamos a versos de tus pupilas y mi iris danzando en las curvas de mis caderas deslizadas por la yema de tus dedos que descubrían una forma de electricidad sin necesidad de cables ni instrumental, solo vibraciones al roce como si el mayor de los rayos te abrazara esta noche sin reproches y te dedicara su último aliento a ti, y no al resto. Y entonces llueve. Lluevo. Como la peor de las tormentas, de esas que te alimentan las noches cerradas- o abiertas- en una macedonia de esperanzas hundidas en el mayor fondo. Y los sueños no rotos sino desquebrajados como el cristal que choca contra el suelo. Lo peor es que el sonido que emana me produce un placer incierto que hace que lo reproduzca una y otra vez. Y así contigo, con como dueles. Una y otra vez hasta que dejas de doler de la misma forma en la que un cristal te atraviesa tantas veces que dejas de sentir la sangre fluir de él. De mí. Ya no puede doler lo que está destrozado de la manera más trágica. Y hecha pedazos sin saber si por razones o por costumbres- esas que no se pierden- de las que son bonitas a su manera, aunque no a simple vista. Y eso es lo que os pasa, que a simple vista os basta. O no sé si es la excusa y la esperanza de que si no me miras dos veces no vas a encontrar galaxias. A veces, incluso hacen falta tres y yo ya no sé si dejé de ser lo que quise alguna vez o si soy lo que creí querer ser pero sin terminarlo de ver. Aunque bajito y al oído me he movido intentando descifrar el secreto de producir ruido. Lo que está claro es que me he perdido de todas las formas existentes. Si es que a mí nunca me gustó dejarme nada en el plato. Y ahora no distingo entre suelo y subsuelo porque paso demasiado rato en ambos que no veo la diferencia. Lo irónico es que a todos nos da pereza levantarnos cuando aquí abajo nadie nos pide nada y estamos seguros. Pero aun habiendo fallado todas esas veces que mentí a conciencia alegando que me levantaría y lucharía sin rendirme, me he anclado y claro, a ver quién es el valiente que tira del timón. He querido escalar esa montaña permanente que cada vez es más grande y yo, más pequeña. No os equivoquéis, esto no quiere decir que ahora, sea el ahora y me arriesgue a besar más el suelo, pues creo que tengo los zapatos pegados a él. Aunque intentaré descalzarme poco a poco. Ya sabéis, para no hacer ruido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario